Érato era una mujer joven, serena, cavilosa y peculiar. Sus risos de seda caían cándidos sobre sus delicados hombros y sus labios de rosal perfumaban con una perturbadora fragancia a verdad. Ella no sé quedaba con nada, nada en el tintero. sino era su lengua, eran sus ojos; emulos de la luna, claros y fríos, de azul glacial.
Él la miró antes de partir, ella lo miró con afán de que no lo hiciera.
(Ojos de Él): En está maleta llevo todo lo que hemos vivido.
(Ojos de Érato): Te dejas lo mejor, los mejores recuerdos, las más sutiles cartas. Todas desparramadas en la esquina perdida de está casa olvidada.
(Ojos de Él): Algo te tenía que dejar.
(Ojos de Érato): No quiero tu ausencia.
(Ojos de Él): Aprenderás a quererla como a una hermana, a contarle historias y a tolerar su presencia.
Él se dio media vuelta, libre del hechizo de sus ojos embriagadores. Dando tumbos se marchó, a buscar sus anheladas respuestas.
Ella nunca volvió a sonreír, no hasta aquel día, que por el momento, no recuerdo con claridad...
wow!! muy buen post!!
ResponderEliminarSaludos
me encantó esta entrada y hay algo sobre tu blog que me llama la atención, te sigo!
ResponderEliminarpd: gracias por visitar mis divagaciones
saludos!