Dos jóvenes, vestidos con pulcras túnicas, se miraban con complicidad escondidos tras unos arboles de olivo. La joven, de cabello cobrizo y ojos de miel, ostentaba una sonrisa graciosa, serena y amplia; tan amplia que abrazaría el mediterráneo. Él era menos agraciado. Muy alto y un poco cuadrado. Lisonjeando a su compañera se pasaba las tardes.
-Tu, mea stella est.
-Tace!- Le ordenó, sonrojándose.
- Mea dea, mea parva puella.- Insistió él, besando entusiasmado la pequeña mano de porcelana de la joven.
Mefisto se despertó. Era uno de esos sueños recurrentes que lo atormentaban con regularidad. Dejó a un lado el libro que estaba leyendo antes de caer dormido y se levantó de la hamaca, jurandose no volver a leer M. T. Cicerón antes de la siesta de medio día. "Stellae viam nautis monstrant!" aun revoloteaba en su cabeza.
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