Apeado del bus y con un libro en la mano izquierda, Él, cruzó la avenida que separa la ciudad de su pequeño cuarto, perdido en los bajos de una vieja casa familiar. Tarareando una canción que horas después terminaría repudiando, abrió la puerta y entró su libro. Detrás, su cuerpo cansado y taciturno. Su cuarto no era precisamente el común denominador del hogar amoblando, pero tenia un colchón grueso y mullido para soportar sus sueños y una lampara para iluminar sus textos. A solas con su libro, no pudo más que disfrutarlo sin siquiera leerlo.
Pasar los dedos por las páginas virginales de aquel libro nuevo, escuchar el rose de las hojas entre sí, como suspiros quedos de placer vulgar, le devolvieron la sonrisa y la alegría que la tarde le robó. Ese momento de intimidad entre él y aquel libro recién comprado, esculpían una sonrisa en el templo de sus ojeras.
Tumbado en la cama recordó la mañana.
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