- ¡No lo hagas!- Gritó con estrépito una mujer ataviada de delantal, guantes enjabonados y una olla en la mano-, sé que he abusado de ti, que te he hecho cargar más de lo que debes, que duermes en el patio y pasas el día empolvado, pero no te mates por favor.
Él ni se inmutó. Los carros cruzaban la avenida compitiendo contra el viento, esquivando a penas al recogedor insensato.
- Te arrepenti...- intentó terminar su frase, pero sus palabras se fueron volando junto a las astillas y el barullo del plástico desternillado contra el pavimento.
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