A nadie le pertenece aquello invulnerable al extravio.. Por eso Ella, ataviada con un vestido azul, zapatos verdes y una cinta en el cuello, caminó el extremo del camino que conecta el hogar materno con las infinitas posibilidades de la terminal de transportes. Señaló un nombre al azar y pagó el boleto sin preocuparse por la devuelta, concentrada en las últimas palabras que aun sabían en sus labios y los gritos febriles rimbombantes en sus oídos. Una pelea cuyo dialogo se perdió en la historia, recordado el mismo día en que fue ejecutado y perdido en el torrente de palabras evaporadas en el caudal del olvido al otro día.
Ella sabía muy bien que lo único que le pertenecía realmente era su propia vida y su libertad de decir no. Las demás cosas eran efímeras baratijas transitorias. De igual forma, sin un pelo de ingenuidad, también tenía la certidumbre de que esas dos cosas que llevaba consigo siempre, se las podrían arrebatar, de diferentes formas y de vistosas maneras.
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