Playa
ignición
sonreír
diferente
artistas
olvido
Escribí en la arena mi nombre. Julian, con la letra pulida y clara que aprendí de los curas del colegio. Las olas venían y se iban sin siquiera saludar, mucho menos despedirse, pero con ellas, mi nombre tallado en el suelo se borraban en espuma. Así pasé toda la mañana. Queriendo olvidar los planes que durante meses me quitaron el sueño y monopolizaron mi vigilia. Ahora ese cohete preparado con pasión y locura sería despegado por otros.
Cuando la mecha empezaba a silbar y la ignición se veía cerca me eché al mar.
Recuerdo entre olas que mi primera sonrisa la arrancó un pequeño volador de poca pólvora y mucho ruido. Yo tendría eso de 7 años cuando la navidad, que normalmente pasaba con mis familiares en la costa atlántica, se mezclaba entre estrellas y barullos de fiesta. Una noche buena de tantas, sentado en una silla apartada, vi la luna llena reflejada por un mar sumiso. El sosiego se quebró con un estallido y un golpe seco. Yo, que había pasado siete años de vida conviviendo con dos hermanas malvadas, soportaba bastante bien el susto y el advenimiento. Así que revisé la arena y vi clavados un par de voladores. Uno de ellos negro de hollín, el otro amarrado al primero, pero intacto.
Esa noche fue precedente de las demás. Desde que prendí y estallé mi primer volador, la pólvora y sus bellos fuegos de artificio pasaron a ser mi ambición. Me convertí en ese ser diferente y anacoreta que olvida la juventud, para sacrificarla en potajes de azufre y carbón. Vituperado, temido, acomplejado, mis días de colegio no fueron una época que recuerde con cariño. Salvo claro, los primeros prototipos de cohete que cree, quienes prendieron casas, peinados y noches.
Pasa que, teniendo la edad suficiente como para carcomerme la sesera preguntándome que hacer con mi joven vida, las ilusiones artísticas me envenenaron el alma. Nadie me sacaba de la cabeza la idea de presentarme como gran mago de luces, quemando pólvora especial, en colores, formas y tamaños alucinantes. Independiente de si me desanimaban o no, mis padres jamás financiarían una idea tan descabellada. Dado el caso, nadie tuvo que negármelo para desistir.
En unos años olvide esa idea, justo mientras cursaba sexto semestre de ingenieria química. Iba a crear el cohete tripulado más potente del país. Surcaría el cielo con velocidad sónica, mareando a las ranitas que lo tripularían. Y así lo hice. Con toda la pólvora que pude conseguir con mi sueldo de mesero, aproveché las vacaciones en la costa para montar la plataforma de lanzamiento, cerca al mar. Tras mucho trabajo lo conseguí.
Desafortunadamente, el predio de mis abuelos no comprendía el espacio de playa donde se sustentaba todo el aparataje del cohete. Así que los vecinos, con carta en mano y policías armados me alejaron de mi caprichoso proyecto amenazándome de cárcel. Me hubiese hecho matar, de no ser por mis hermanas que me acompañaban en ese momento.
Así llegó el penoso día en el que, escribiendo mi nombre en la arena, escuchaba las risotadas de los vecinos y las pretensiones claras de encender mi gran obra. Negándome a ver más, me lancé en extraño clavado al agua, hice gala de mi minuto y medio de capacidad pulmonar y esperé el final de mi creación arrebatada. Cuando me encontré con la superficie, el aire olía a fuego y muerte. Los vecinos, yacían rostizados en el suelo, sin vida, rociados por las cervezas con las que se atragantaban segundos antes. De igual forma la casa, envuelta en llamas, echando un baho negro que señalaba al culpable. Mi cohete, en lugar de ignición hizo explosión y su carcasa olvidaba, me sonreia en medio de una playa diferente.
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