martes, 17 de agosto de 2010

CRA... Continuación

Siento la demora, escribir todo esto me tomó más tiempo del que pensaba y me hizo falta otro tanto de motivación. Quizá la historia no sea lo suficientemente emocionante, pero tiene elementos esenciales dentro de la historia que empiezo a urdir. Sin más, acá esta el final de esta historia y el pie a una más grande. N del A.


...

La casa de la colina era la pequeña choza olvidad donde los mensajes perdidos iba a parar. sus amplios ventanales, abiertos la mayor parte del día, dejaban entrar a diario decenas de cartas en forma de avión. Desparramadas, ajenas, tiradas en el piso empolvado, perdían la poca vida que sus creadores habían impreso en ellas. Como su popular nombre daba a entender, era una casa plantada en la única colina que circundaba un inmenso valle. Era por su altura y sus incomprensibles propiedades mágicas que los atardeceres en aquel lugar de asombro, eran más bellos que en cualquier otro rincón del mundo.

Una paloma blanca cortejaba a una gris de plumaje barrado, ambas paradas sin desasosiego sobre el techo a dos aguas de la casa de la colina. ¿Y a que va tanto barullo con palomas y casas? se preguntaran ustedes. Bueno, les diré que el ruido que produjo la corneta al comenzar la competencia vibró hasta el último agujero del pueblo, incluso la alejada colina. Espantó las palomas y casi tumba una teja.

Adentro la suerte ya estaba echada. Unos minutos antes del pitido atronador, el señor Barrena había leído los nombres de las parejas, escogidos al azar. Mala palabra comprenderán, teniendo en cuenta que en aquel pueblo, la suerte era la criatura más caprichosa de todas. Ágil, sagaz y volátil como el viento, omnipresente, acomplejada, execrada, vituperada y adorada. Dado que nos perdimos ese evento, una paloma amiga me a contado lo sucedido:

"El señor Barrena abrió el sobré, lo enarboló y comenzó a leerlo remarcando cada nombre.
- Las parejas estan conformadas por: Edmon y Teresa; Carlos y Lorena; Amanda y Tomás; Daniela y Mefisto; Erato y Uriel.
Al terminar, les lanzó una mirada paternal a todos y aplaudió fuertemente al aire, fue cuando sonó la corneta".

Aunque no lo demostrase, Mefisto estaba hirviendo, una ira casi mitológica lo poseía de a pocos. Su cara no lo debelaba, pero la arena bajo sus pies, fuertemente compactada, revelaban ante el ojo observador unos talones iracundos. Su pareja se acercó a él, quien aun tenia la cabeza en sus fantasías de victoria.

Uriel un poco tímido se paró junto a Erato. La saludó de nuevo, después de casi tres meses sin verla. Así comenzó la competencia, con sonrisas y maldiciones. Tras la corneta los jueces se pusieron de pie. Eran tres, dos hombres curiosamente uniformados, calvos, de pelo grisáceo, cejas pobladas, nariz aguileña, boca pequeña y corta estatura. Lo único que los diferenciaba era el diseño de las gafas, ya que, el doctor H tenia un marco ovalado y el doctor J uno rectangular. Como compañera tenían a una mujer mucho más joven que ellos dos, quizá, mucho más que ambas edades juntas. Su pelo castaño le llegaba a la mitad de la espalda y sus ojos amarillos, casi felinos, le daban ese aire jovial que cargaba de tanta decrepitud a sus compañeros. Después de todo, dejar mal parados a sus compañeros era uno de tantos pasatiempos que tenia la señorita Clio, entre maltratar a las palomas, espantar gatos y ladrar a los perros, hacer pasar por ineptos a los demás solía ser su mayor diversión.

El vendedor de papitas había terminado de repartir su quinto paquete cuando la competencia comenzó, por fin luego de tantos rodeos. El orden de las parejas era el mismo dictado por el señor Barrena. Así pues, Edmon, el joven raro del sombrero de copa y su compañera iniciaron las justas. La tomó en sus brazos y la apretó fuerte, pensando en su abuela, quien había muerto hacia poco. Teresa, la chica de los abundantes crespos lo abrazó pensando en su último ex novio.

Los jueces guardaron silencio, no dirían nada hasta no haber visto a los demás. De cualquier forma, la expresión de repudio de Clio ante tanto sentimentalismo, daba a entender que no tendrían muchos puntos. Y así pasaron las demás parejas, Carlos y lorena se abarzaron como cuando eran novios en el jardín de infancia, aun que la melaseria no duró mucho, pues aquel apretón dulce, inocente, cercano y familiar cambió cuando Carlos recordó las viejas traiciones de Lorena. Se alejaron un poco, tanto como lo permite un abrazo hipócrita. En cuanto a Amanda y Tomás, no hay mucho que decir. La verguenza exagerada que sentía él le puso las piernas de trapo y dio a parar de narices en el escote de su compañera. Los jueces se miraron con asentimiento, compartiendo una sonrisa entreverada por la academia y el morbo.

Mefisto Ya estaba derrotado. Con desprecio tomó del brazo a su compañera y la abrazó como dando un pes amen, acompañado por la certidumbre de la derrota. Cuando salia del circulo central en el que los jueces posaban su ojo clínico, el hombre de las cejas pobladas y el ceño férreo, de naturaleza derrotista y placeres egoístas les lanzó una mirada de desprecio incontenible a la última pareja por presentarse. Erato auscultó los ojos de Mefisto, como sólo ella se había aventurado hacer. Orgulloso, mantuvo la mirada, la de él era altiva, la de ella de reparo, y ofreciéndole su espalda de colección enciclopédica recordó el viejo tamborileo en su corazón y las sensaciones mundanas que lo encadenaban al Pueblo Decadente. La amaba aun que se lo negase.

Sonó una sirena, la segunda etapa iba a comenzar. Las parejas se prepararon después de quince minutos de planeación y tras la voz ronca del señor barrena comenzaron las contorsiones. El primer grupo hizo un antinatura abrazó anti gravedad, donde ella miraba de cabezas al publico agarrada con total naturalidad a las piernas de Edmon. Los siguientes se abrazaron de espaldas, cargándose uno al otro como en un juego de gimnasia, una dos, cuatro veces, hasta que la fuerza se le safó a Carlos y dio toda la vuelta, dejando a Teresa mirando hacia el cielo, mareada. El público parecía vibrar, chillando cual chicharras al anochecer. Los jueces sonrieron y Barrena caldeaba los ánimos ofreciendo productos de la competencia a la salida del edificio.

Otros abrazos entretuvieron la noche. La siguiente pareja resultó enseñando su abrazo especial de dedo, donde solo los dedos entraban en contacto. Otros probaron el abrazo en cruz, donde ella se sustenta en los brazos de él perpendicular al suelo. Mefisto se tardó en convencer a su compañera de que lo abrazara mientras él estaba arrodillado en el suelo, posando el rostro en su pecho. Ahora Erato y Uriel bajo la mirilla del público se miraron desconcertados. Tras pensar 10 minutos que peripecia enseñar, el tiempo se les terminó y salieron a escena. No hicieron más que mirarse a los ojos, esperando respuesta, recordando los viejos tiempos. Frotaron sus narices, y las masas compungidas dejaron escapar un suspiro de ternura. A pesar de todo, Clio los auscultó con repugnancia.

Llegaba el final. Las voces casuales enmudecieron cuando el reflector volvió a brillar y las parejas una a una desfilaron mostrando escenillas de teatro barato. Curioso era que, lo que le daba más realismo era que todas esas historias eran reflejo de sus propias vidas. Así que Edmon se quitó el sombrero y le declaró su amor a Teresa, mujer complacida y prendada por él. Carlos y Lorena descollaron con las penas de amor de su relación de antaño, un reencuentro terminaba en abrazo. Tomás y Amanda pensaron en una idea absurda. Ambos vendados se encontraban de pronto, eran almas perdidas en la oscuridad de la vida. Se topan, se reconocen y se abrazan, como almas gemelas casualmente cruzadas en el camino. Para la pareja de Mefisto fue simple, pues el argumento que ellos planteaban era una urdimbre de frivolidades, insultos, miradas odiosas y confesiones truculentas. Uno termina matando a otro y se abrazan, mientras se le escapa la vida entre los dedos.

Llegado el tiempo de la última pareja, Uriel terminó de definir el argumento con una sonrisa de total confianza. Alcanzó a ver un arreglo de flores ataviando una de las paredes del camerino, inadvertido la tomó. Salió Erato primero, actuando desde la penumbra del corredor tras bambalinas. Bajó la mirada, entró al ruedo, triste a plena vista.
- La vida me a traído sola hasta aquí, con un acervo de preguntas de improbable resolución. Abandonada a mi suerte he caminando de noche, mirando de lejos las luces marginadas, y por primera vez en toda mi vida me he sentido acompañada. Llegó hasta aquí y encuentro aquello de lo que quería huir, ese horrible vacío. - Se tumba al suelo y solloza ruidosamente.
Uriel entra con la vista alta, la sonrisa erguida y el corazón arrebolado.
- Yo soy la noche, quien te abraza, aun cuando no sientas más que frío. Por favor, no llores más, apacigüemos juntos nuestra mutua soledad.
Abrazándose por fin terminó la escena.

Tras tanta parafernalia y las palabras inoportunas del señor Barrena, clio y sus compañeros octogenarios se plantaron ante el micrófono.
- Vamos al grano, - vociferó de repente, acallando todas las voces y sumiendo al resto en el suspenso.- En tercer lugar, con 5 puntos, el grupo de Mefisto, por su manejo casi profesional del odio, los abrazos asqueados y las miradas rancias. - Todos se miraron desconcertados, era más de lo que ellos mismos se esperaban.

-En segundo lugar- Tambores tocados por barrena- Las penas de amor, son penas y el dolor es una emoción bella. Carlos y Teresa tienen 6 puntos y son los segundos. - Los seguidores de esta pareja estallaron en alaridos.- Ahora, la razón por al cual estamos acá, independiente de si sus vidas son tan vacías que tengan que rellenarlas con un concurso de abrazos, el ganador es... - Silencio, miradas, tambores, Uriel y Erato mirándose con aquel cariño guardado por años. - Los ganadores son: Tomás y Amanda.
El público animó con fuerza, aplausos, gritos y silbidos. Con la mis timidez de siempre, Tomás acudió con su compañera por el premio, un sobre blanco y unas flores amarillas.

Con la mirada devastada, Erato barrió el suelo, mirando las pisadas en la arena, silente y cansada, sentada en unas butacas alejadas. Mefisto la miró de refilón antes de salir del lugar, con ascuas en el alma que le arañaban la conciencia. Por más que quiso no pudo acercarse ni animarla, era un acto de desinteresada bondad, y ese no era su estilo. Salió, se cruzó con Uriel, miradas de desafió y un apretón de manos. Uriel se sentó a su lado, ella no levantó la mirada. Reparando en la suave capul que cubría su frente, y el brillo de candidez y pena en sus ojos, él sacó la flor que había reservado y se la ofreció, poniéndola frente al rostro de la joven.

-Por favor, no llores más, apacigüemos juntos nuestra mutua soledad.

Antes de que todas las luces se apagaran, ambos competieron una sonrisa. sus ojos brillaron mutuamente antes de que la lobreguez diera por terminado todo el evento.

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