jueves, 23 de febrero de 2012

A nuestro árbol le llevaré orquídeas



Alguna vez amé a una mujer. La quise tanto que ya olvidé su nombre y la fecha de nuestra pasión. Era una época deslumbrante en la que me latía el corazón como un perro rabioso, sudaba a mares, vivía de lo lindo. De ella, de mi amada, sólo recuerdo su cabello castaño: una melena ondulada que se amalgamaba con el sol y formaban una suerte de manto maravilloso sobre el cual echar a morir o perder la razón. Recuerdo también que olía a cierta flor, una planta exuberante que hace poco volví a oler y me recordó todos estos detalles que ahora escribo para no olvidarles. Tuvimos un árbol, una vigorosa planta que se erigía entre la nada y el cemento. Nos daba sombra en los días de sol; el cómplice de nuestras conversaciones más tontas y de las más eróticas también.

Estaba tan perdido en sus ojos, en ese par de posos oscuros llenos del éter sublime de un amor joven; era agosto y yo la amaba tanto, desgarraba sus prendas y olía las orquídeas de su sexo. Fui tan feliz mientras la tuve entre mis brazos, mientras apreté su mano en un orgasmo de plomo. La amé tanto que ya no sufro por su ausencia, la quise tanto que la olvidé, que recuerdo ahora nuestras horas; que recuerdo el nombre de esas flores a las que huele su cabello, su piel y su sexo; que me encuentro ahora con su nombre y que si lo pronuncio de nuevo sé que de pronto y ,sin contarme sus recuerdos, la amaré todavía más.

Así que la dejaré enterrada. A nuestro árbol le llevaré orquídeas. Y a ella la dejaré sepultada y fingiré no recordar nada, hasta que el olvido se haga ley.

domingo, 19 de febrero de 2012

La llamaban Samanta


Se llamaba Samanta, la llamaban Samanta y se hacía llamar Samanta. Las chicas envidiaban su cabello negro, los niños amaban su cabello negro y ella peinaba su cabello negro. Escribía con la izquierda, pintaba con la derecha y besaba con la nariz, como esquimal. Su boca era tierra santa.
Me enamoré de ella cuando tenía once años. Mi mejor amigo tenía once años. Ella tendría unos once años también. Ramón, un tipo riquillo y arrogante tenía once. Pero un día cumplió doce años y mi amigo, Samanta y yo terminamos en un salón de fiestas amplió lleno de globos, sillas de plástico y gaseosas surtidas. Yo no me atrevía a bailar, mi amigo tampoco. Ramón besó a samanta en los labios justo en frente de mí, no recuerdo que era lo que bailaban, ¿champeta? se me llenaron las orejas de sangre cuando los vi. Puso sus labios en sus labios, se posó en tierra santa. Mi abuelo me enseñó a no hacer castillitos de arena sobre terreno santo, que era falta de respeto, que allí no se jugaba, no se pisaba, no se caminaba sin estar confesado. Pues bien, Ramón estaba haciendo castillos de arena.
Llamaron a mi mamá. Llegó casi quince minutos después de la pelea. Ramón sangraba a borbotones por su nariz respingada. Yo ostentaba con brío un morado en el ojo derecho, pero me importaba poco, ambos los tenía posados en la cabellera negra de Samanta. Diez minutos antes, luego de arrancársela de los brazos a Ramón, conectarle un gancho en la geta y tumbarlo al suelo, ella me había golpeado en el ojo. Nunca supe por qué.
Pero me puse a bailar, ella no se resistió. Me dijo que el ojo morado me hacía ver más lindo, no me sonrojé. Me acarició con su nariz, con ademanes de beso, y yo me puse rígido e interpuse mi nariz entre su boca y la mía. Le di un beso a lo esquimal, raspé mi nariz de lija contra el terciopelo de la suya. Pero no me atreví a besar sus labios, no, jamás. Había hecho la primera comunión hacia dos meses y desde aquel entonces no me había vuelto a confesar. Y nunca, incluso en aquel entonces, he desoído un consejo de mi abuelo.
Zam

miércoles, 1 de febrero de 2012

Decálogo para el escritor sin ideas

1. Cuando no tenga un qué para contar busque un cómo grandilocuente y explique como funciona en tantas cuartillas como le sea posible.

2. En el caso de carecer de cómo pero poseer un qué escribalo en el papel más pequeño que encuentre y con la menor cantidad posible de palabras. Hecho esto entrégueselo a una persona de confianza, de ser posible alguien a quien le interese su vida, luego espere su reacción. En la mayoría de los casos obtendrá una pregunta del corte: ¿Qué es esto?. En tal caso usted se verá obligado a contar su qué de alguna forma. Si la reacción es un: "gracias" o lo ignoran, comience de nuevo.

3. Sí no aplica para ninguno de los dos puntos anteriores pruebe lo siguiente: escriba tres palabras que no tengan sentido (Jabón, peine, bolsa de valores), luego escriba una frase sin pensarla dos veces: (esta corbata me aprieta la pierna). Relacionelo todo utilizando signos de puntuación, pronombres, preposiciones  y -si lo desea- conjunciones. Con tal batiburrillo obtendrá un qué y en la medida en al que utilice más preposiciones para hilvanarlo todo logrará un mejor cómo.

4. No publique ningún escrito que haya nacido de improvisaciones. Es mejor que se libere de presiones y se deje ir, sin pensar de antemano la reacción de los lectores. Recuerde que la lógica retrasa la producción, así que no piense, sólo hágalo y luego júzguelo.

5. Escriba por escribir, pero bótelo a la basura. Sí algún familiar lo lee es un problema, si a su familiar le gustó es por qué lo está haciendo mal. En tal caso vuelva al punto uno o simplemente ignore este decálogo.

6. Creé un personaje, lo más parecido a usted, llévelo al éxito, subale el ego. Luego matelo.

7. Escriba basura, luego bótela.

8. Escriba basura, luego publiquela.

9. De su experiencia ejecutando el punto siete y el ocho tendrá un nuevo qué. A fuerza de escribir tanta basura habrá alcanzado un nuevo cómo.

10. Busque entre sus escritos algo que no haya publicado. Relealo, cambie palabras, ponga más comas, juegue al peluquero. Bótelo.

11. Busque entre sus escritos algo que no haya publicado. Relealo, cambie palabras, ponga más comas, juegue al peluquero. Regalelo.

12. Lea buena literatura antes de comenzar de nuevo.

Pañuelo de arabescos

El pañuelo perfumado yacía sobre la cama, su dueño, don Roberto trabajaba como todas las mañanas en su fábrica de flautas y Roda, la empleada, impertinente como ella sola, fingía sacudir los recovecos de la habitación. Los cinco años que llevaba al servicio de don Roberto le habían enseñado dos cosas: "haraganear es rentable en tanto no te descubran en el acto y que los pañuelos de su patrón no tienen arabescos en los bordes".  Así que se acercó al objeto, lo tomó con la punta de los dedos y lo olió levemente. Atraída por el aroma respiró profundo, casi mordiendo el pañuelo, apretándolo contra su cara como si pretendiera plancharlo a narices. Y se dejó caer sobre la cama, se desnudó, se metió bajo las cobijas y se durmió narcotizada como por un orgasmo brutal e intenso.

Cuando el patrón llegó esa noche encontró a Roda aún en la cama, con los ojos perdidos, brillantes, exhausta. Cuatro meses después se casaron, remplazaron las flautas por perfumes y fueron felices. A partir de ese día y por todos los años que vivió, él siempre llevó el pañuelo consigo.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Formula divina de perniciosa ejecución



Si es verdad eso de que Dios nos hizo a imagen y semejanza suya entonces Él es calvo. Don Jorge, el vecino de enfrente, Hombre flaco y malacaroso, pierde el pelo en relación con sus vistas a la iglesia. “A mayores ostias menos folículos”, es la formula divina de perniciosa ejecución. Dios sabrá que clase de peticiones compondrán las plegarias de este señor, un hombre tan anacoreta no desea muchas cosas en la vida.
Como uno de los relojes de Dostoiesky don Jorge sale puntual por el periódico mediocre. Compra un paquete de arepas al mes, saca la basura los martes, un hombre uniformado con los logos de un restaurante de pollo frito le entrega un encargo cada sábado y pese a la lluvia o el frío va tres veces a misa los domingos.
Lo sé porque lo espío desde hace tres meses. Me fascina hasta tal punto que he comenzado a escribir una bitácora con sus movimientos y mis conjeturas acerca de lo que ocurre adentro. Tengo en estricto orden sus horarios y las acciones que ejecuta con más regularidad en determinados momentos del día. en una carpeta anexa tengo fotos de sus salidas, con ellas registro su vestimenta y el tamaño de su calva. Con todo ello quiero comprobar que la fe fuera de mover montañas tumba el pelo. Algo así es pernicioso para los hombres solos. 
…
Es martes. Me entra entran malas ganas de fotografiar el metodo con el que anuda las bolsas de basura. Es tarde, cuatro de la tarde, lo asecho como un jaguar en entre los juncos. La puerta no se mueve ni el viento sopla. Atardece, las cortinas se mueven, la impaciencia me come vivo y yo la alimento con gusto. Una mujer joven se asoma por la ventana. Nos miramos con malicia.
…
Es domingo. Me aventuro a pararme frente a su puerta con cámara en mano. Hace días que no hay movimiento y empiezo a temer que haya muerto de un infarto a causa del pollo frito. Cuelo el ojo por un pequeño espacio entre las cortinas; atrás guindo dos siluetas. Me apretujo contra el cristal, veo dos personas abrazadas, besándose, enmarañadas en un complot de placer contra todo espectador. El le lame los pechos con ternura, ella le acaricia el pelo mientras resopla como una locomotora. Él la enchufa sin quitarle la falda, ella lanza un gemido que me golpea en la cara. Él sigue besando sus pechos, los muerde, está a punto de arrancarlos; ella le arranca un trozo de pelo y se frota las piernas. Al parecer el contacto con aquel mechón la sobre excita.
Como no conseguí darle foco a la cámara me resigné a recordarlos ya sólo en mi casa. Rasgué las fotos y las quemé junto a la bitácora. Rompí la cámara contra el suelo. Vendí todos mis muebles, mi ropa y mis libros. Me compre un crucifijo de plata labrado con experticia por algún monje europeo y lo colgué en la pared de mi cuarto. Todos los días, a la misma hora, me arrodillo e imploro con la esperanza de quedarme calvo.

Amnecia

Mensajeras silenciosas
una a una
marchando suavemente.
Silencio y amencia que no atino a apreciar.

Una sonrisa corta

Un hombre parpadea. Cierra los ojos. No puede abrirlos. Lo consigue. Sonríe.