Si es verdad eso de que Dios nos hizo a imagen y semejanza suya entonces Él es calvo. Don Jorge, el vecino de enfrente, Hombre flaco y malacaroso, pierde el pelo en relación con sus vistas a la iglesia. “A mayores ostias menos folículos”, es la formula divina de perniciosa ejecución. Dios sabrá que clase de peticiones compondrán las plegarias de este señor, un hombre tan anacoreta no desea muchas cosas en la vida.
Como uno de los relojes de Dostoiesky don Jorge sale puntual por el periódico mediocre. Compra un paquete de arepas al mes, saca la basura los martes, un hombre uniformado con los logos de un restaurante de pollo frito le entrega un encargo cada sábado y pese a la lluvia o el frío va tres veces a misa los domingos.
Lo sé porque lo espío desde hace tres meses. Me fascina hasta tal punto que he comenzado a escribir una bitácora con sus movimientos y mis conjeturas acerca de lo que ocurre adentro. Tengo en estricto orden sus horarios y las acciones que ejecuta con más regularidad en determinados momentos del día. en una carpeta anexa tengo fotos de sus salidas, con ellas registro su vestimenta y el tamaño de su calva. Con todo ello quiero comprobar que la fe fuera de mover montañas tumba el pelo. Algo así es pernicioso para los hombres solos.
…
Es martes. Me entra entran malas ganas de fotografiar el metodo con el que anuda las bolsas de basura. Es tarde, cuatro de la tarde, lo asecho como un jaguar en entre los juncos. La puerta no se mueve ni el viento sopla. Atardece, las cortinas se mueven, la impaciencia me come vivo y yo la alimento con gusto. Una mujer joven se asoma por la ventana. Nos miramos con malicia.
…
Es domingo. Me aventuro a pararme frente a su puerta con cámara en mano. Hace días que no hay movimiento y empiezo a temer que haya muerto de un infarto a causa del pollo frito. Cuelo el ojo por un pequeño espacio entre las cortinas; atrás guindo dos siluetas. Me apretujo contra el cristal, veo dos personas abrazadas, besándose, enmarañadas en un complot de placer contra todo espectador. El le lame los pechos con ternura, ella le acaricia el pelo mientras resopla como una locomotora. Él la enchufa sin quitarle la falda, ella lanza un gemido que me golpea en la cara. Él sigue besando sus pechos, los muerde, está a punto de arrancarlos; ella le arranca un trozo de pelo y se frota las piernas. Al parecer el contacto con aquel mechón la sobre excita.
Como no conseguí darle foco a la cámara me resigné a recordarlos ya sólo en mi casa. Rasgué las fotos y las quemé junto a la bitácora. Rompí la cámara contra el suelo. Vendí todos mis muebles, mi ropa y mis libros. Me compre un crucifijo de plata labrado con experticia por algún monje europeo y lo colgué en la pared de mi cuarto. Todos los días, a la misma hora, me arrodillo e imploro con la esperanza de quedarme calvo.
Toma ese "¿Lo leyó?" como un "Me gustó mucho". No entiendo porque no había visto esto, esta chevere, aunque jajaja no te imagino en esas, mucha ficcion ahhh y eso de "El la enchufa sin quitarle la falda" es muy Medina, no sé. Un beso con sabor a tierra, te quiero sujeto.
ResponderEliminarJajajaja, está muy bien. No me extraña que quiera quedarse calvo...
ResponderEliminarSaludos, Pablo, espero que todo vaya bien.
V
Pablo, ¿¿dónde te metes?? Empiezo echar de menos tu prosa y verso.
ResponderEliminarV