jueves, 23 de febrero de 2012

A nuestro árbol le llevaré orquídeas



Alguna vez amé a una mujer. La quise tanto que ya olvidé su nombre y la fecha de nuestra pasión. Era una época deslumbrante en la que me latía el corazón como un perro rabioso, sudaba a mares, vivía de lo lindo. De ella, de mi amada, sólo recuerdo su cabello castaño: una melena ondulada que se amalgamaba con el sol y formaban una suerte de manto maravilloso sobre el cual echar a morir o perder la razón. Recuerdo también que olía a cierta flor, una planta exuberante que hace poco volví a oler y me recordó todos estos detalles que ahora escribo para no olvidarles. Tuvimos un árbol, una vigorosa planta que se erigía entre la nada y el cemento. Nos daba sombra en los días de sol; el cómplice de nuestras conversaciones más tontas y de las más eróticas también.

Estaba tan perdido en sus ojos, en ese par de posos oscuros llenos del éter sublime de un amor joven; era agosto y yo la amaba tanto, desgarraba sus prendas y olía las orquídeas de su sexo. Fui tan feliz mientras la tuve entre mis brazos, mientras apreté su mano en un orgasmo de plomo. La amé tanto que ya no sufro por su ausencia, la quise tanto que la olvidé, que recuerdo ahora nuestras horas; que recuerdo el nombre de esas flores a las que huele su cabello, su piel y su sexo; que me encuentro ahora con su nombre y que si lo pronuncio de nuevo sé que de pronto y ,sin contarme sus recuerdos, la amaré todavía más.

Así que la dejaré enterrada. A nuestro árbol le llevaré orquídeas. Y a ella la dejaré sepultada y fingiré no recordar nada, hasta que el olvido se haga ley.

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