El pañuelo perfumado yacía sobre la cama, su dueño, don Roberto trabajaba como todas las mañanas en su fábrica de flautas y Roda, la empleada, impertinente como ella sola, fingía sacudir los recovecos de la habitación. Los cinco años que llevaba al servicio de don Roberto le habían enseñado dos cosas: "haraganear es rentable en tanto no te descubran en el acto y que los pañuelos de su patrón no tienen arabescos en los bordes". Así que se acercó al objeto, lo tomó con la punta de los dedos y lo olió levemente. Atraída por el aroma respiró profundo, casi mordiendo el pañuelo, apretándolo contra su cara como si pretendiera plancharlo a narices. Y se dejó caer sobre la cama, se desnudó, se metió bajo las cobijas y se durmió narcotizada como por un orgasmo brutal e intenso.
Cuando el patrón llegó esa noche encontró a Roda aún en la cama, con los ojos perdidos, brillantes, exhausta. Cuatro meses después se casaron, remplazaron las flautas por perfumes y fueron felices. A partir de ese día y por todos los años que vivió, él siempre llevó el pañuelo consigo.
Buen relato. Es curioso cómo personas diferentes pueden acabar juntas de forma tan sencilla, como si el amor siempre buscara el más mínimo recoveco por el que entrar a nuestro corazón. Aunque si me equivoco, y en realidad no estaban enamorados, mea culpa.
ResponderEliminarParamédico
Este es uno de esos cuentos que surgen por la necesidad de escribir. No le sabría decir a ciencia cierta que sentían ambos, el único personaje del que me hago responsable es el pañuelo. Lo único que hice fue meter al pañuelo en la vida de ambos y terminaron casados.
EliminarGracias por leer este tipo de incoherencias.