miércoles, 1 de febrero de 2012

Pañuelo de arabescos

El pañuelo perfumado yacía sobre la cama, su dueño, don Roberto trabajaba como todas las mañanas en su fábrica de flautas y Roda, la empleada, impertinente como ella sola, fingía sacudir los recovecos de la habitación. Los cinco años que llevaba al servicio de don Roberto le habían enseñado dos cosas: "haraganear es rentable en tanto no te descubran en el acto y que los pañuelos de su patrón no tienen arabescos en los bordes".  Así que se acercó al objeto, lo tomó con la punta de los dedos y lo olió levemente. Atraída por el aroma respiró profundo, casi mordiendo el pañuelo, apretándolo contra su cara como si pretendiera plancharlo a narices. Y se dejó caer sobre la cama, se desnudó, se metió bajo las cobijas y se durmió narcotizada como por un orgasmo brutal e intenso.

Cuando el patrón llegó esa noche encontró a Roda aún en la cama, con los ojos perdidos, brillantes, exhausta. Cuatro meses después se casaron, remplazaron las flautas por perfumes y fueron felices. A partir de ese día y por todos los años que vivió, él siempre llevó el pañuelo consigo.

2 comentarios:

  1. Buen relato. Es curioso cómo personas diferentes pueden acabar juntas de forma tan sencilla, como si el amor siempre buscara el más mínimo recoveco por el que entrar a nuestro corazón. Aunque si me equivoco, y en realidad no estaban enamorados, mea culpa.

    Paramédico

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    1. Este es uno de esos cuentos que surgen por la necesidad de escribir. No le sabría decir a ciencia cierta que sentían ambos, el único personaje del que me hago responsable es el pañuelo. Lo único que hice fue meter al pañuelo en la vida de ambos y terminaron casados.

      Gracias por leer este tipo de incoherencias.

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