domingo, 19 de febrero de 2012

La llamaban Samanta


Se llamaba Samanta, la llamaban Samanta y se hacía llamar Samanta. Las chicas envidiaban su cabello negro, los niños amaban su cabello negro y ella peinaba su cabello negro. Escribía con la izquierda, pintaba con la derecha y besaba con la nariz, como esquimal. Su boca era tierra santa.
Me enamoré de ella cuando tenía once años. Mi mejor amigo tenía once años. Ella tendría unos once años también. Ramón, un tipo riquillo y arrogante tenía once. Pero un día cumplió doce años y mi amigo, Samanta y yo terminamos en un salón de fiestas amplió lleno de globos, sillas de plástico y gaseosas surtidas. Yo no me atrevía a bailar, mi amigo tampoco. Ramón besó a samanta en los labios justo en frente de mí, no recuerdo que era lo que bailaban, ¿champeta? se me llenaron las orejas de sangre cuando los vi. Puso sus labios en sus labios, se posó en tierra santa. Mi abuelo me enseñó a no hacer castillitos de arena sobre terreno santo, que era falta de respeto, que allí no se jugaba, no se pisaba, no se caminaba sin estar confesado. Pues bien, Ramón estaba haciendo castillos de arena.
Llamaron a mi mamá. Llegó casi quince minutos después de la pelea. Ramón sangraba a borbotones por su nariz respingada. Yo ostentaba con brío un morado en el ojo derecho, pero me importaba poco, ambos los tenía posados en la cabellera negra de Samanta. Diez minutos antes, luego de arrancársela de los brazos a Ramón, conectarle un gancho en la geta y tumbarlo al suelo, ella me había golpeado en el ojo. Nunca supe por qué.
Pero me puse a bailar, ella no se resistió. Me dijo que el ojo morado me hacía ver más lindo, no me sonrojé. Me acarició con su nariz, con ademanes de beso, y yo me puse rígido e interpuse mi nariz entre su boca y la mía. Le di un beso a lo esquimal, raspé mi nariz de lija contra el terciopelo de la suya. Pero no me atreví a besar sus labios, no, jamás. Había hecho la primera comunión hacia dos meses y desde aquel entonces no me había vuelto a confesar. Y nunca, incluso en aquel entonces, he desoído un consejo de mi abuelo.
Zam

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