jueves, 30 de septiembre de 2010

Un vez el viento me contó

Hoy quiero escribirte luego de mucho tiempo de no hacerlo. Si te preguntas cual fue mi inspiración esta vez, creo que fue el rumor del viento. Al fin y al cabo, lo bueno y lo malo, llega con un soplo y el mundo terminará con un suspiro.

_ Tengo una historia para contar. Me la narró el viento una noche sin luna, tal y como ésta.
_ Pero... si estamos en menguante, mirarla allá_. Señaló Paco al cielo.
_ Es sólo un decir_. Recalcó Pablo a su vez.
_ Tengo una historia para contar _ Continuó Pablo_, pero una promesa que cumplir. Pasa que el viento me hizo prometer que, si él me narraba está historia yo no se la contaría a nadie.

En es ese momento entró Luisa, se sentó en el suelo junto a Paco. Pablo los miraba desde lo alto del muro que lo sustentaba.

_ ¿Para qué quieres una historia que no puedes contar? _. Preguntó con sorna Luisa.
_ No sé, el viento me la contó, yo no se la pedí.
_ Entonces cuéntanos la.
_ No, no puedo hacerle eso al viento, somos amigos.
_ Claro que no, _ gritó Luisa, poniéndose de pie_, si pasas tu vida sin contar a nadie la historia que él te confió, no harás más que morir un día.
_ Si, morirás_ Apoyó Paco, igualmente de pie_. Cuando te mueras te volverás polvo, junto a ese cuento.
_ Y cuando muera...
_ El viento se llevará el polvo de tus huesos, junto a tus ideas y recuerdos.
_ El viento es un egoísta, me mintió.

Los tres de pie, mirándose a la cara, atisbaban a duras penas los rasgos faciales de los demás. Una lucecita ámbar titilante, era lo único que pintaba sus rostros en medio de aquella noche cerrada de luna menguante.

_ Bien, les contaré. Nadie diga nada, pues las paredes oyen y las calles hablan.

Sentados ahora los tres al pie del farol, comenzó la historia acompasada por una trémula orquesta difuminada a la distancia. Tomando aire Pablo...

... Del viento a Pablo...


_ Una vez el viento me contó, que cuando el tiempo era aun muy chico; apenas unos minutos quizá, dos reyes inmemoriales se encontraron para charlar. Ambos eran dueños de cantidades indescriptibles de tierra. Así, una tarde se dieron cita en un jardín de flores azules, arboles amarillos y frutos purpura. Uno ataviado de blanco, esperando magnánimo en una silla de piedra y plumas. El otro vestía de negro, quien bajó de sus pintorescos cuadrúpedos, seudocaballocamello, justo al pie del trono del rey de blanco.

_ Amigo Lan, busco sosiego tras mil penas que me roban las lágrimas_. Saludó el hombre de negro apenas apeado de su bestia.
_ Mi estimado Eg, el corazón y la cabeza son dos tribus en conflicto. Viven del mismo manantial y adoran un mismo dios. Son poderosas fuerzas, combínalas a tu favor, no las roces en lid.
_ No puedo amigo mío, la luna es mi amada imposible, la distancia entre sus brazos y los míos, lo que me mata_. Eg se dejó caer y en él se posaron diez mariposas verdeazuladas.

El rey Lan, magnifico y sagas, con una copa de buen vino en una mano y con una sonrisa de calma en la cara, palmoteó suavemente a su amigo.

_ Querido Eg. Hace muchos años, más de los que me he permitido recordar, fui un hombre completo. El amor me golpeó directo y sin contemplación, chocó con mi alma tiñéndola de anhelo.
_ Cuéntame que hiciste para sacar la mancha_. Interrumpió desesperado Eg.
_ Lo primero que hice fue calmarme, callar y escuchar el sabio clamor de los grillos_. Respondió Lan con alegre reproche.
_ Es una historia que merece tu atención mi amigo Eg. Aquel amor me hizo hombre.

... Del rey Lan al Rey Eg...

Continuará





martes, 28 de septiembre de 2010

Minuto y medio antes de despegar


Playa
ignición
sonreír
diferente
artistas
olvido


Escribí en la arena mi nombre. Julian, con la letra pulida y clara que aprendí de los curas del colegio. Las olas venían y se iban sin siquiera saludar, mucho menos despedirse, pero con ellas, mi nombre tallado en el suelo se borraban en espuma. Así pasé toda la mañana. Queriendo olvidar los planes que durante meses me quitaron el sueño y monopolizaron mi vigilia. Ahora ese cohete preparado con pasión y locura sería despegado por otros.
Cuando la mecha empezaba a silbar y la ignición se veía cerca me eché al mar.

Recuerdo entre olas que mi primera sonrisa la arrancó un pequeño volador de poca pólvora y mucho ruido. Yo tendría eso de 7 años cuando la navidad, que normalmente pasaba con mis familiares en la costa atlántica, se mezclaba entre estrellas y barullos de fiesta. Una noche buena de tantas, sentado en una silla apartada, vi la luna llena reflejada por un mar sumiso. El sosiego se quebró con un estallido y un golpe seco. Yo, que había pasado siete años de vida conviviendo con dos hermanas malvadas, soportaba bastante bien el susto y el advenimiento. Así que revisé la arena y vi clavados un par de voladores. Uno de ellos negro de hollín, el otro amarrado al primero, pero intacto.

Esa noche fue precedente de las demás. Desde que prendí y estallé mi primer volador, la pólvora y sus bellos fuegos de artificio pasaron a ser mi ambición. Me convertí en ese ser diferente y anacoreta que olvida la juventud, para sacrificarla en potajes de azufre y carbón. Vituperado, temido, acomplejado, mis días de colegio no fueron una época que recuerde con cariño. Salvo claro, los primeros prototipos de cohete que cree, quienes prendieron casas, peinados y noches.

Pasa que, teniendo la edad suficiente como para carcomerme la sesera preguntándome que hacer con mi joven vida, las ilusiones artísticas me envenenaron el alma. Nadie me sacaba de la cabeza la idea de presentarme como gran mago de luces, quemando pólvora especial, en colores, formas y tamaños alucinantes. Independiente de si me desanimaban o no, mis padres jamás financiarían una idea tan descabellada. Dado el caso, nadie tuvo que negármelo para desistir.

En unos años olvide esa idea, justo mientras cursaba sexto semestre de ingenieria química. Iba a crear el cohete tripulado más potente del país. Surcaría el cielo con velocidad sónica, mareando a las ranitas que lo tripularían. Y así lo hice. Con toda la pólvora que pude conseguir con mi sueldo de mesero, aproveché las vacaciones en la costa para montar la plataforma de lanzamiento, cerca al mar. Tras mucho trabajo lo conseguí.

Desafortunadamente, el predio de mis abuelos no comprendía el espacio de playa donde se sustentaba todo el aparataje del cohete. Así que los vecinos, con carta en mano y policías armados me alejaron de mi caprichoso proyecto amenazándome de cárcel. Me hubiese hecho matar, de no ser por mis hermanas que me acompañaban en ese momento.

Así llegó el penoso día en el que, escribiendo mi nombre en la arena, escuchaba las risotadas de los vecinos y las pretensiones claras de encender mi gran obra. Negándome a ver más, me lancé en extraño clavado al agua, hice gala de mi minuto y medio de capacidad pulmonar y esperé el final de mi creación arrebatada. Cuando me encontré con la superficie, el aire olía a fuego y muerte. Los vecinos, yacían rostizados en el suelo, sin vida, rociados por las cervezas con las que se atragantaban segundos antes. De igual forma la casa, envuelta en llamas, echando un baho negro que señalaba al culpable. Mi cohete, en lugar de ignición hizo explosión y su carcasa olvidaba, me sonreia en medio de una playa diferente.



martes, 21 de septiembre de 2010

Brecha en la historia "Él y Ella pueden"

¿Qué pasaría si el Internet no nos hubiese separado y las cartas aun vivieran en nuestras costumbres?
¿Y que si las cartas fuesen aviones de papel quienes, al escribir un nombre, volaran incansables hasta su destinatario?


Él y Ella pueden....

lunes, 20 de septiembre de 2010

Epistola......

Él escribió:
"El mundo real no lo es tanto. En mi pueblo natal todos usan mascaras para cubrir sus propias vergüenzas y los sentimientos sinceros se dejan para los interiores. En ese caso, tú serías más real que yo. en cuanto a mí, no hay mucho que decir. Escribir poemas cacofónicos fue mi único pasatiempo durante años, en los que apenas y si me pasé por el colegio. Pasado el tiempo y ya con un titulo de bachiller en mi haber, seguí vagabundeando, tal cual lo acostumbraba en mis días de escolar, buscando inspiración en algún recoveco del pueblo o pidiendo libros prestados a personas que los usaban para atrancar puertas. En esas me ando desde hace tres años.
Mi familia se fue de este pueblo, alegando que había entrado en decadencia. Yo pienso igual, pero no es suficiente como para dejar este lugar. De cualquier forma, aun me falta encontrar algo aquí, así que no dejaré este pueblo hasta hallarlo. Aun me quedan muchas esquinas por explorar e inspiraciones que coger desprevenidas.
Ahora cuentame tú como es el mundo real. Sé que es más real que el mio."

domingo, 19 de septiembre de 2010

Él y Ella... pretenciones.


Desde hacía muchas lunas, un avión de papel al día volaba desde la lejanía e iba a parar sobre la alfombra verde de su cuarto. Ella, amante de todo lo desconocido, tomaba las cartas de ese alias misterioso y las leía con ávidas cada noche. siempre antes de dormir. Ella, una joven de ojos oscuros, en los que la luna y los atardeceres se reflejaban con conmovedora belleza, recogió la pequeña caja donde guardaba todas las cartas de su amigo lejano y ataviandose con una chaqueta roja y un morral azul, bajó hasta el gran patio de su casa. Era de noche, La luna llena empezaba a decaer en el cielo. Los arboles manchados de plata se mecían al compás de un soplo nocturno. el viento se le antojaba refrescante a Ella, quien lo recibía de lleno en su rostro, más blanco que nunca . Con el plan de escape en una mano, y el corazón enchido de valor, estaba preparada para volverse una persona real, tras esas rejas.

De subito se encendió una luz en la casa. Un sonido lejano de voces llegaba cansado hasta ella. Sin miramientos se echó a correr hacia el bosque de pinos que ostenta su jardín, con el plan de escape fuertemente agarrado, arrugado.


...

Él, comenzó a escribir a la dirección que encontró en el remitente de una carta olvidada. Era el avión de papel mejor doblado que había visto jamás. Dado que estaba tirado en medio de una de las calles del parque central del Pueblo Decadente, y ligeramente mojado por la lluvia matutina, no podía hacer más que tomar el papel amorosamente y llevarlo consigo. No fue sino hasta el día siguiente cuando Él dobló con esmero un avión de papel, aunque nunca hubiese logrado aprender a hacer ninguno hasta el momento. En él, una pregunta y una petición volaron rumbo a un remitente cuyo nombre se borró con los primeros sollozos de marzo.

Ella escribió: "Desesperada lanzo mi alma en una carta, con los primeros números de destinatario que pude imaginar, esperanzada de que alguien leerá mis letras y me liberará en su memoria. Vivo encarcelada en el desasosiego, ¿dónde encuentro la llave?".

(Su nombre se borró al aterrizar. El avión de papel calló de cola en un charco... y la firma y un posdata se disolvieron en dudas. Él sin más remedio comenzó a llamarla "Ella".)

Él escribió: "Mujer desesperada, la he liberado en mi recuerdo y dudo que la pueda sacar con facilidad de allí. Todo esto es más que peculiar, lo tacharía de sureal, mas no me quejo, me gusta. ¡Realmente quiere encontrar la llave? Primero debiera de buscar la cerradura. Una prisión espiritual suele ser engañosamente grande. Puedo ayudarte a encontrarla. "

(Dado que él no conocía el nombre de ella, comenzó a llamarse "Él". Ella al ver este peculiar alias le siguió el juego, de esta carta en adelante comenzó a firmar como Ella.)

Así comenzó su intercambio epistolar. Ella, un atardecer, mientras miraba las montañas por la ventana desnuda de su cuarto, vio caer lentamente la primera de muchas cartas. Era su única conexión con el mundo real, pues su vida era un entramado de ordenes y privaciones. Su alto estatus la obligaba a comportarse como una joven inflada, vanidosa, sumisa y sociable. El estereotipo la perseguía sin merced, sus padres la presionaban para que lo aceptara con gusto. Sin embargo, toda la insistencia era vana. El recuerdo de su primer amor, un jardinero despistado y excéntrico, la animaba a mantenerse al otro lado de la linea, a vestir zapatos sucios, pantalones anchos, ropa colorida y peinados descuidados. Era por eso que, a pesar de los sollozos y las insistencias, la libertad de Ella, estaba delimitada del portón principal hasta el denso patio de arboles caóticos y de rejas invulnerables.
No obstante, aun tenia su cuarto. Su templo, el único lugar en toda la casa que reprobaba con creces los cánones de belleza. La combinación de colores era de verde a naranja chillón y sus pinturas hechas al oleo estampaban la pared sin ninguna proporción. Eran aquellas pinturas, lienzos y aceites, todo su mundo. Era creadora de un lugar único, donde ella era real. Donde era normal.
Además de la amplia biblioteca de su padre, la cual parecía de adorno, salvo por el apetito erudito de su hija quien leía con placer tomo tras tomo. Claro que, su habito de lectura no hacia más que ahondar la brecha que separaba sus compañeras de colegio de ella.

La siguiente noche, después de recibir la primera carta, Ella, tomando con religiosidad una pluma de cuantioso valor, se dejó ir en el papel.

Ella escribió: "Estimado Él.
Disculpa si es prematura mi respuesta. Aquí no soy nadie y este pedazo de papel me hace mucho muy real. Hoy vi la paciencia de mis padres llegar a su tope. Tenían la cara roja, ambos, apenados e iracundos, me gritaban su desgracia y me endilgaban todos sus problemas. Creo que lo que pasa es que no se quieren, que ambos tienen amantes furtivos. Yo soy lo único que los une. Estoy seguro que eso les da asco. De cualquier forma, estoy feliz, pues pude responder a los insultos de una mujer extremadamente plástica. Sé que no es bueno contrainsultar a la directora del colegio... pero, se sintió tan bien. ¿Podría contarme un poco de usted? si no quiere, puede decirme como es el mundo real. Yo vivo en paredes de cemento, alfombra, plástico y lucesitas.

Att: Ella.



(La carta de Él se tarda un día en llegar)

sábado, 18 de septiembre de 2010

Un cuento, una galleta

El dinero no me sobra, creo que a nadie realmente. Dado que me gusta la idea de un destino bohemio y artístico, no debo hacerme a la idea de terminar mis días amasando fortunas. Al menos, no es mi interés. Y da igual, tengo mis historias para que acompañen el final de mi vida, quizá a mi lado a una mujer formidable.

Historias por galletas, cada vez más escasas.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Ella...

A nadie le pertenece aquello invulnerable al extravio.. Por eso Ella, ataviada con un vestido azul, zapatos verdes y una cinta en el cuello, caminó el extremo del camino que conecta el hogar materno con las infinitas posibilidades de la terminal de transportes. Señaló un nombre al azar y pagó el boleto sin preocuparse por la devuelta, concentrada en las últimas palabras que aun sabían en sus labios y los gritos febriles rimbombantes en sus oídos. Una pelea cuyo dialogo se perdió en la historia, recordado el mismo día en que fue ejecutado y perdido en el torrente de palabras evaporadas en el caudal del olvido al otro día.

Ella sabía muy bien que lo único que le pertenecía realmente era su propia vida y su libertad de decir no. Las demás cosas eran efímeras baratijas transitorias. De igual forma, sin un pelo de ingenuidad, también tenía la certidumbre de que esas dos cosas que llevaba consigo siempre, se las podrían arrebatar, de diferentes formas y de vistosas maneras.

...