No hago más que lamentar mis horas de ocio. Minutos no disfrutados, desperdiciados, no esforzados; para colmo de males más fatigosos a la espalda y al alma resultan que una jornada de trabajo acalorado. Miro la ventana desde mi silla inmarcesible, mis piernas no funcionan sino para mecerme en un eje invariable. El sol tras el cristal, aparentemente invulnerable, nace, crece, agoniza y muere. Veo rastros lejanos de su sangre, sol de vida y delirio, sangrando sobre la faz de la tierra, calentada y olvidada.
No hago nada más, me lamento sin llorar, pues la tristeza es sabia. Las luces se prenden y yo me levanto. todo parece terminar... no he comenzado siquiera.
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