viernes, 14 de mayo de 2010

En las nubes no hay prudencia


un silbido y una duda desafiante. No hice caso y continué caminando. Volvió a chiflar la misma persona y su tono languidecido por la altura que separaba su boca de mi oreja me daba la confianza de continuar mi camino sin necesidad de mirar atrás. Luego, alguien le respondió, igual de desafiante, sereno, con una flema jocosa que en cualquier momento estallaría en risa. Ambos se lanzaron improperios en broma y rieron de las circunstancias. Aquella era una de las pocas veces en las que un hombre parado en el piso 14 de un edificio en obra negra insulta en broma a los peatones e impreca a sus compañeros.
Reflexione y sonreí. Todo en fracción de segundos (y no estoy diciendo que sea un analítico superdotado y ultra veloz), envidié por breves instantes la libertad de aquel obrero en su lontananza y de la impunidad que le daba la altura. Añoré por segundos la flexibilidad de sus palabras y la inexistente censura que hay tan cerca de las nubes.
Respiré y aclaré mi sonrisa, continué mi paso veloz. Traje a mi mente por unos segundos más la cara extasiada del obrero desparpajado y recordé, disolviendo totalmente mis ansias de ocupar su lugar, que al final del día tendría que bajar del edificio por el pequeño andamio y respetar la ley mortal de la prudencia.

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