A veces cierro los ojos y me siento en casa, en otro tiempo. No veo la habitación pero estoy en mi cuarto de la niñez, el que antes fue de mi papá, estoy solo y tengo la cabeza fuera de la ventana para oler la noche y oír los rumores de la avenida. Me cuesta creer que ya pasó todo ese tiempo y que no hay marcha atrás, que los atardeceres desde aquella ventana se acabaron, así como las fiestas.
Hoy, comiendo unos tallarines con atún me topé de sopetón con que ya era grande, ya me había convertido en esa proyección que te obligaban a hacerte a los nueve años, salvo que sigo sin ser un astronauta. Y todo se me vino a la cabeza, recordé mi vieja casa, pensé en mi inminente madurez, recordé esas tres cosas que extraño de vivir con mi familia: el desayuno, el almuerzo y la comida. Estos tallarines, aunque no estaban mal, me recordaron que hacerme responsable de mi propio estómago o planear lo que comeré mañana me han hecho un niño grande. A veces, cuando cierro los ojos, escucho a mi mamá llamarme desde el comedor diciendo que ya está servido. Y aveces me provoca viajar ocho horas en bus para sentarme a la mesa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario