El segundo, siempre de negro, era un artista genial. O al menos eso creía él. Su compañía teatral acababa de fracasar y su esposa de morir. Sin hijos, sin casa, sin familia, andaba las calles contando cuentos sin final a las personas apeadas en el parque y tocaba la armónica, eso sí, con gran maestría.
Era de noche. Ese viernes llovía un poco, las calles reflejaban las luces de los grandes letreros. Los transeúntes iba y venían, entraban a los bares. En uno de tantos, en el "nube negra" una de las canciones más famosas, o más desesperadas del famoso cantautor Carlos Arturo, interpretada por nuestro hombre de café le llamó la atención al adinerado doctor Hernandez. En realidad, fue su esposa Clara María de Hernandez, fanática empedernida de Carlos Arturo la que exhortó a su esposo de ofrecerle a aquel hombre de bigote gracioso cantar para ellos en casa todos los jueves durante 3 meses. Oferta que el hombre no desaprovechó.
Al mismo tiempo, intentando protegerse de la lluvia, el hombre de negro, esta vez sin sombrero, se escampaba en el zaguan de una casa en la que minutos antes le dieron algo de comer a cambio de algunas historias para los niños. Curiosamente, un día antes, una falla en el fluido eléctrico sobrecargó la linea y quemó todos los radios del sector. En un pueblo donde la gente muere al aburrirse demás, era mejor, casi necesario pagarle al hombre de los cuentos sin final antes que conformarse con ver la lluvia.
La historias de simios eran sus favoritas. Se sabía cerca de una docena de cuentos sobre el tema y a todos les daba giros inesperados para que en cada relato hubiese algo diferente. Después de todo a aquel hombre de las historias le gustaba divertirse también con sus cuentillos. Su favorito, sobre todos los demás, era uno en el que un simio gracioso, mascota de un hombre ricachón, huye de su jaula y entra a un orfanato a hacer destrozos.
Pasaron dos jueves. Las canciones favoritas de la señora de Hernandez hicieron vibrar su vajilla china, los cubiertos de plata y la cristalería. Tonadas desgarradoras, villancicos alegres, palladas graciosas, todo el repertorio que tenía a su disposición el hombre de café, mientras los Hernandez comían voraces estofados y cocidos vaporosos. Fue luego de cantar "el azulejo y el turpial", afamado himno de los amantes platonicos, cuando la empleada del servicio le entregó su vaso de agua de rigor, además de algunos cumplidos junto a sonrisas coquetas.
el hombre de café hace algo que le disgusta a la familia, lo echan y el tiene que salir corriendo.
El hombre de negros e encuentra eld e café
Hablan se conocen
le propone una obra de teatro
El hombre de negro incluye mucho de su vida pasada
El hombre de café lleva la máquina de antigravedad
el día del estreno, el hombre de negro sabe que no regresará
su esposa y su vida idílica yacen en las lineas de esa obra y abandonarla sería privarse de todo lo que ama-
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