domingo, 29 de mayo de 2011

El verbo ser y la rosa



Reflexionando...

El verbo ser es uno de esos verbos complicados. De esos que se padecen, que no abandonan sino tras un tiro bien dado, o un desparpajado acto suicida. ¿Qué se yo? De cualquier forma parece difícil y aferrándome a su naturaleza, digamos, conjugacional, echando mano una palabra desafortunada, y sintiéndome totalmente seguro de mí mismo, me atrevo a decir sin miramientos que es un verbo complicado.Lo repito hasta el paroxismo, complicado. Luego de todo esto también me atrevo a decir: El verbo ser, sin saber mucho que es, sino apenas la categoría gramatical que ostenta, debe pasarla mal.

Tras la ventana

Fue tras mi ventana, una mañana cualquiera, como la de todos los días en este rincón del globo, cuando tres amigos caminaban por la calle confiados en el mañana. Quien sabe que pensarían, no soy Dios, pero me gusta pretender serlo cuando me siento solo y algo aburrido. Pasa que ese día no tenía mucho que hacer y acompañado no estaba, de otro modo no estaría mirando por la ventana. Así que me fijé y detallé.

Quien encabezaba el grupo era un hombre rubio, que en mi omnisciencia circunstancial consideraba de 25 años y 4 meses, de talle alto y cejas pobladas. Marcaba sus pasos con desenfado y su sonrisa me recordaba una cantina en climax, más allá de la media noche. Eso sí, Pese a todo, no diría que estuviese borracho, eso de andar beodo por la calle es un estado mucho más complejo como para determinarse por una mueca, en ese punto se asemeja mucho al verbo ser, aunque en este caso la ebriedad tomaría visos de adjetivo. Y de cualquier modo, desinhibirse no es un estado privativo del borracho. Tras él y con sonrisas similares, un joven de escasos 20, para ser precisos 19 y 8 meses, un tanto más bajo que el del frente y ataviado con camisa de manga larga, caminaba recto y firme junto a la rosa que llevaba en la mano derecha. Un pájaro trinó de repente y junto al joven formal, otro, de ojos claros que aporreaba el sol, miró el azulejo que canturrió y se fue. Todos andando por la calle, todos padeciendo sonrisas etílicas, todos seguros de que sobrevivirían a esa noche.






Yo, que ahora soy Dios, reflexiono.

Sin ánimos de ser blasfemo me considero a partir de este punto un ser omnisciente y todo poderoso, actor y creador de un teatro imaginario de vida, en la que personajillos andan y desandan sus pasos seguros de su persistencia en el mundo. Salvo que... ese mundo no existe, esa historia no es real y que el verbo ser es un personaje más.

Mientras escribía esta historia me preguntaba Carlos, uno de mis distantes amigos imaginarios, el porqué de un nombre tan largo para un personaje prescindible. Le dije, desde luego, que "el verbo ser" era una de mis creaciones predilectas, y si bien, no era más que otro personaje de alguna de esas historias inconexas, a diferencia de él (Carlos, el imaginario), al verbo no lo había matado aún.
Pasa que se enfadó, y su reacción era de esperarse. Primero Dijo que nada de esto tenía sentido, echó una mesa abajo, rompió los muebles, me escupió en la cara, se llevó un reloj que tenía en la pared, cantó tres canciones viejas en la guitarra antiquísima de mi armario y prometió nunca más volver. Y tras el portazo no pude hacer nada. Desde luego, tenía que darle la razón.


Llegando a casa de Sofía




Si, ya me acordé, era sábado en la mañana. Tres bajaban la cuesta que conecta la avenida central con la casa de adobes. De esas cuya arquitectura se me escapa, pero pretendo saberlo dada mi investidura divina.



Si leyó hasta aquí, cosa que me sorprende, porque tanta pendejada indigna, la historia que prometí tácitamente contarle cuando usted comenzó a leer, la continuaré otro día.

Las fotos son mías. Que conste.


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