martes, 31 de mayo de 2011

Dos hombres de sombrero

Esta es la historia de dos hombres. Ambos vestidos de traje formal, encorbatados y de sombrero. Uno, cuyas prendas eran de color café, tenía un divertido bigote de manija y una fuerte voz de tenor. Era cantante en un coro, segunda voz en un cuarteto y se ganaba algunos pesos extra, que su oficio como psicólogo no le ofrecía, interpretando baladas a pedido en algunos bares del bajo mundo.

El segundo, siempre de negro, era un artista genial. O al menos eso creía él. Su compañía teatral acababa de fracasar y su esposa de morir. Sin hijos, sin casa, sin familia, andaba las calles contando cuentos sin final a las personas apeadas en el parque y tocaba la armónica, eso sí, con gran maestría.

Era de noche. Ese viernes llovía un poco, las calles reflejaban las luces de los grandes letreros. Los transeúntes iba y venían, entraban a los bares. En uno de tantos, en el "nube negra" una de las canciones más famosas, o más desesperadas del famoso cantautor Carlos Arturo, interpretada por nuestro hombre de café le llamó la atención al adinerado doctor Hernandez. En realidad, fue su esposa Clara María de Hernandez, fanática empedernida de Carlos Arturo la que exhortó a su esposo de ofrecerle a aquel hombre de bigote gracioso cantar para ellos en casa todos los jueves durante 3 meses. Oferta que el hombre no desaprovechó.

Al mismo tiempo, intentando protegerse de la lluvia, el hombre de negro, esta vez sin sombrero, se escampaba en el zaguan de una casa en la que minutos antes le dieron algo de comer a cambio de algunas historias para los niños. Curiosamente, un día antes, una falla en el fluido eléctrico sobrecargó la linea y quemó todos los radios del sector. En un pueblo donde la gente muere al aburrirse demás, era mejor, casi necesario pagarle al hombre de los cuentos sin final antes que conformarse con ver la lluvia.

La historias de simios eran sus favoritas. Se sabía cerca de una docena de cuentos sobre el tema y a todos les daba giros inesperados para que en cada relato hubiese algo diferente. Después de todo a aquel hombre de las historias le gustaba divertirse también con sus cuentillos. Su favorito, sobre todos los demás, era uno en el que un simio gracioso, mascota de un hombre ricachón, huye de su jaula y entra a un orfanato a hacer destrozos.

Pasaron dos jueves. Las canciones favoritas de la señora de Hernandez hicieron vibrar su vajilla china, los cubiertos de plata y la cristalería. Tonadas desgarradoras, villancicos alegres, palladas graciosas, todo el repertorio que tenía a su disposición el hombre de café, mientras los Hernandez comían voraces estofados y cocidos vaporosos. Fue luego de cantar "el azulejo y el turpial", afamado himno de los amantes platonicos, cuando la empleada del servicio le entregó su vaso de agua de rigor, además de algunos cumplidos junto a sonrisas coquetas.

el hombre de café hace algo que le disgusta a la familia, lo echan y el tiene que salir corriendo.

El hombre de negros e encuentra eld e café

Hablan se conocen

le propone una obra de teatro

El hombre de negro incluye mucho de su vida pasada

El hombre de café lleva la máquina de antigravedad

el día del estreno, el hombre de negro sabe que no regresará
su esposa y su vida idílica yacen en las lineas de esa obra y abandonarla sería privarse de todo lo que ama-

domingo, 29 de mayo de 2011

El verbo ser y la rosa



Reflexionando...

El verbo ser es uno de esos verbos complicados. De esos que se padecen, que no abandonan sino tras un tiro bien dado, o un desparpajado acto suicida. ¿Qué se yo? De cualquier forma parece difícil y aferrándome a su naturaleza, digamos, conjugacional, echando mano una palabra desafortunada, y sintiéndome totalmente seguro de mí mismo, me atrevo a decir sin miramientos que es un verbo complicado.Lo repito hasta el paroxismo, complicado. Luego de todo esto también me atrevo a decir: El verbo ser, sin saber mucho que es, sino apenas la categoría gramatical que ostenta, debe pasarla mal.

Tras la ventana

Fue tras mi ventana, una mañana cualquiera, como la de todos los días en este rincón del globo, cuando tres amigos caminaban por la calle confiados en el mañana. Quien sabe que pensarían, no soy Dios, pero me gusta pretender serlo cuando me siento solo y algo aburrido. Pasa que ese día no tenía mucho que hacer y acompañado no estaba, de otro modo no estaría mirando por la ventana. Así que me fijé y detallé.

Quien encabezaba el grupo era un hombre rubio, que en mi omnisciencia circunstancial consideraba de 25 años y 4 meses, de talle alto y cejas pobladas. Marcaba sus pasos con desenfado y su sonrisa me recordaba una cantina en climax, más allá de la media noche. Eso sí, Pese a todo, no diría que estuviese borracho, eso de andar beodo por la calle es un estado mucho más complejo como para determinarse por una mueca, en ese punto se asemeja mucho al verbo ser, aunque en este caso la ebriedad tomaría visos de adjetivo. Y de cualquier modo, desinhibirse no es un estado privativo del borracho. Tras él y con sonrisas similares, un joven de escasos 20, para ser precisos 19 y 8 meses, un tanto más bajo que el del frente y ataviado con camisa de manga larga, caminaba recto y firme junto a la rosa que llevaba en la mano derecha. Un pájaro trinó de repente y junto al joven formal, otro, de ojos claros que aporreaba el sol, miró el azulejo que canturrió y se fue. Todos andando por la calle, todos padeciendo sonrisas etílicas, todos seguros de que sobrevivirían a esa noche.






Yo, que ahora soy Dios, reflexiono.

Sin ánimos de ser blasfemo me considero a partir de este punto un ser omnisciente y todo poderoso, actor y creador de un teatro imaginario de vida, en la que personajillos andan y desandan sus pasos seguros de su persistencia en el mundo. Salvo que... ese mundo no existe, esa historia no es real y que el verbo ser es un personaje más.

Mientras escribía esta historia me preguntaba Carlos, uno de mis distantes amigos imaginarios, el porqué de un nombre tan largo para un personaje prescindible. Le dije, desde luego, que "el verbo ser" era una de mis creaciones predilectas, y si bien, no era más que otro personaje de alguna de esas historias inconexas, a diferencia de él (Carlos, el imaginario), al verbo no lo había matado aún.
Pasa que se enfadó, y su reacción era de esperarse. Primero Dijo que nada de esto tenía sentido, echó una mesa abajo, rompió los muebles, me escupió en la cara, se llevó un reloj que tenía en la pared, cantó tres canciones viejas en la guitarra antiquísima de mi armario y prometió nunca más volver. Y tras el portazo no pude hacer nada. Desde luego, tenía que darle la razón.


Llegando a casa de Sofía




Si, ya me acordé, era sábado en la mañana. Tres bajaban la cuesta que conecta la avenida central con la casa de adobes. De esas cuya arquitectura se me escapa, pero pretendo saberlo dada mi investidura divina.



Si leyó hasta aquí, cosa que me sorprende, porque tanta pendejada indigna, la historia que prometí tácitamente contarle cuando usted comenzó a leer, la continuaré otro día.

Las fotos son mías. Que conste.


viernes, 20 de mayo de 2011

Hipo

No digamos nada. Dejemos de concluir. Mirémonos fijo, esbocemos sonrisas sardónicas. Incentivemos la discusión, que este silencio me quita el hipo.

Destino en 35mm

Al parecer, las buenas películas que hallamos por casualidad se perfilan más interesantes. Esos films que en realidad no pretendíamos encontrar, pero por alguna razón ajena a nosotros termina reproduciéndose en el DVD, en el YOUTUBE o -para los nostálgicos- el VHS. Todo tal y como si ellas nos hubiesen encontrado a nosotros, nos arrastraran a su encuentro, nos mensajiaran en clave y nos susurraran una formula para desencriptar ese código.Veo entonces, esas películas fortuitas como grandes tesoros.

Yo, y gracias a mi dislexia, al rebuscar palabrejas en el google, doy con más de una página inadvertida. En algunas ocasiones termino en lugares que sonrojan las mejillas. Pero, cuando mi gusto cinefilo está de buenas, termino en la reseña de una cinta recién estrenada, un clásico a pulso o un fiasco. En cualquiera de los casos, una película fortuita para recordar como lo que fue, un gesto del azar para conmigo.


martes, 17 de mayo de 2011

Yo 1

Más que soportarme en la distancia, Yo, indirectamente le exijo calma.

martes, 10 de mayo de 2011

Eso me saca de quicio.

De este mundo todo me desquicia. En primera medida lo incomprendido, que por el simple hecho de estar escondido a mi entendimiento se me hace odioso. Luego está lo preconcebido, aquello que todos dan por sentado y nadie se atreve a preguntar, reñir o cambiar. Eso me saca de quicio.


jueves, 5 de mayo de 2011

Tú, el cuarto y el espejo



Imagínate frente a un espejo. Tú, en un cuarto pequeño pintado de blanco, te miras inescrupulosamente cada parte de tu cuerpo desnudo. Allí te encuentras con las puntas de tu pelo y el brillo de tus ojos, el ángulo de tu nariz y el matiz de tus labios. También encuentras tus brazos cuyos codos tocan tu ombligo y sus manos, que son las tuyas, cubren tu sexo. Pero, recuerdas de repente tus ademanes inescrupulosos. Es cuando descubres tus “vergüenzas” y reivindicas tus genitales.

Tras detallar tus pies y todo lo que te interesa de tus piernas, tocas el espejo con la punta de la nariz y las yemas de los dedos. No se empaña. Miras tu reflejo, le observas con incredulidad, pensando en ti. Ríes, te deshaces en sonrisas al ver tu reflejo imitar a pie juntillas tus movimientos. Muecas grotescas o guiños coquetos, todo tipo de movimiento pruebas. Hasta que de repente te cansas, entonces esas carcajadas se tornan resoplidos iracundos, estertores que se oyen mientras intentas superar en velocidad, elasticidad, elocuencia o coordinación a tu homologo del espejo. Ahora lo odias.

Intentas vencerle hasta el agotamiento. Tu reflejo, al igual que tú, luce cansado, así que te acompaña en el suelo a reposar. Ambos se miran, sin hipocresía, pues el odio en sus miradas electrifica el aire y no intentan disimularlo de ninguna forma. El pequeño cuarto se llena de rencor que empaña las paredes, las pinta de rojo, negro y de azul. Te hallas de pronto con un martillo en la mano, tu mirada se nubla, tu odio te domina y dejas de llamarte como suelen hacerlo para pasar a ser la palabra animadversión.

Levantas el martillo, esbozas satisfacción en tu boca, que al otro lado del cristal muestra terror y sorpresa. Tu reflejo se aparta, se escandaliza y tú, enarbolando el arma ríes estrepitosamente y rompes el cristal de un solo golpe, fuerte, certero. Ahora resoplas o lloras, gimes, pataleas, nadie te mira. El cuarto es todo negro, todo rojo, todo azul y no te miras. Los cristales rotos no muestran miniaturas de tu figura ni partes de tu humanidad. Ahora imagínate frente al martillo ensangrentado, susurrándole a las paredes desnudas, que eso era todo lo que realmente querías. Entonces, te acurrucas y lloras.