viernes, 24 de diciembre de 2010

40

El reloj en la pared reproducía las pulsaciones del tiempo. Segundo a segundo. Faltaban pocos minutos para la media noche y Él aun no terminaba de encender las últimas velas. Las noches en la gran casa de la colina pasaban frías e insospechadas, transgresoras. Era un lugar en el que el sonido de los carros se transformaba en canto de grillo, las farolas en luciérnagas, y las casas por arboles de todo tipo, tamaño y color. En ese salva no había un sólo árbol repetido.

Uriel se acercó a un Él desamparado en sus fuegos y velas; inclinado, con los ojos perdidos en las llamas tímidas que bailaban al compás del viento incansable, noctambulo. En un espacio baldío junto a la casa, nivelado con esmero y libre de yerbajos; Él, puso un número incontable de velas, grandes, chicas y tornasol, para luego encenderlas una a una en ademan ritual.

-Enciendo una vela por cada cosa valiosa que hice, aquello que recuerdo con cariño- comenzó Él, luego de terminar de encender el último velón verde y antes de que Uriel pudiese preguntar el fin de tan inusual empresa- apago otra por aquello de lo que me privé y era noble.

-Una vela por cada persona interesante que conocí, apago otra por aquellas que vi pasar y no me atreví a saludar. Por las sonrisas, las carcajadas, los atardeceres, la lluvia en la lengua y la mañana en los ojos enciendo otras. Las lágrimas innecesarias, la envidia, la ira, y la arrogancia me hacen apagar otras tantas.

Tomó una de ellas entre sus manos y un viento oportuno apagó el resto.

-Una por la esperanza de un nuevo año. De otra oportunidad para encender más velas.

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