viernes, 10 de diciembre de 2010

37

Él y Uriel se quedaron aquella noche en la misma cabaña improvisada que recibió a la desamparada Ella, hacia ya poco más de un año. Después de escapar de aquel hospital donde sus recuerdos parecían cada vez más lóbregos, vagó por la ciudad hasta encontrar aquel lugar encantador, donde una anciana vivía de la selva y los mimos del río. La joven Ella tenía un don especial para encantar los corazones de las personas, ya fueran sus ojos oscuros que inspiraban noches claras o su sonrisa de cristal que encantaba el alma de quien la miraba desprevenido. Por lo tanto, la anciana la acogió con cariño e hizo las veces de madre por los meses que vivieron juntas...

Entrando a la casa, Él advirtió un retrato de una anciana sonriente posado en una mesita rustica cerca a unas flores de veranera.

- Las noches son frías de este lado de la ciudad - dijo Ella acariciando con las yemas de los dedos el cristal de retrato. -La pulmonía se me la llevó.

Ahora, sentados en los mullidos retasos que significarían sus camas, Él y Uriel acababan de conocerse. A ellos y a sus intenciones. Él le explicó la razón de ser de su viaje, mientras ella los observaba con unos ases de leña en la mano y una sonrisa maravillada en el rostro.



No hay comentarios:

Publicar un comentario