
Triste, solo y desvalido
se mueve el viento al atardecer
viendo su rostro por el crepúsculo pálido
desvanecido hasta el amanecer.
Rojos son los colores
en tu faz se mezclan acuarelas
verdes son los olores
fragancias de nardos y azucenas.
No me vean vientos de Eolo
las tardes se comen del árbol la copa
esa plagada de manzanas de oro
y cometas muertas de vara rota.
No temas que salgo a tu rescate inminente
si no crees jamás en mi potestad de hombre
puede que tenga que rendir cuentas a la muerte
pero no dejare que mueras bajo los rayos cobre.
Trata de alcanzar mi mano, te la largo
prefieres negarla como si fuese impreciso
se acerca tu inevitable letargo
y la caída de tu cuerpo macizo.
Así pues, no queda más que dormir
en las horas nocturninas deambulas por ahí
como sonámbulo taciturno que no puede morir.
Son los cielos fundidos
en negro ónix en piedra unido
y en tu alma y pupila fundido.
Tremebundo me dejas viento ermitaño
como día, hora, segundo y año
mueres en sedas azules y blancos paños.
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