
La luz que emanan las velas fúnebres es diferente
es un crepitar solemne, harto suave
copiosamente clamoroso.
Tal cual bailarinas de fino burdel
seduciendo a la muerte que se alejo con ímpetu
llamando la esperanza que reside en sus despojos de ceniza.
Son estas cáusticas danzantes fuente
no fuente de aguas claras
ni de agua difusa
fuente de luz, de una brizna de paz.
Tranquilidad ante diáfanos reflejos
de amarillo pulido oro
de cyan perdido en ojos
y acromáticos ecos.
En silencio bailan
al son de la música de la parafina
blanca como las rosas de la divina
calentando sus pies y el reptil.
Se termina la noche, mucho antes la vela
el deseo de recuerdo sosegó toda esperanza
llegan de nuevo las visiones de impotencia
de fría realidad, de muerte inexorable.


